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LA CAÍDA DE LA LUZ

ANTE LA LIBERTAD, LA JUSTICIA Y LA LEALTAD NINGÚN HOMBRE PREVALECERÁ

Génesis de la obra

La caída de la luz nace como una pregunta antes que como una imagen. No surge desde la fe ni desde la negación de ella, sino desde la inquietud humana frente al origen del bien, del mal y de las fuerzas que rigen nuestras decisiones. La serie se construye a partir de una tensión fundamental: la imposibilidad de conciliar libertad, justicia y lealtad sin conflicto.

A través de cuatro piezas, la obra retoma figuras arquetípicas —Lucifer, Miguel y Gabriel— no como personajes religiosos, sino como símbolos vivos del pensamiento humano. Cada uno encarna una postura ética que atraviesa la historia y se manifiesta con fuerza en la actualidad.

Descripción general de la obra

La caída de la luz es una serie pictórica compuesta por cuatro cuadros interconectados que construyen un solo relato: el origen, desarrollo y consecuencia del conflicto moral entre la libertad, la justicia y la lealtad. La obra no busca ilustrar un pasaje bíblico, sino reinterpretar estos arquetipos como fuerzas activas del pensamiento humano, presentes tanto en el mito como en la historia y en la realidad contemporánea.

Cada cuadro funciona como un momento del conflicto, y juntos conforman una secuencia narrativa y filosófica. La serie inicia con el surgimiento de la tensión: la separación entre la obediencia y la conciencia individual. A partir de ahí, la obra avanza hacia la confrontación abierta entre estas posturas, mostrando cómo el conflicto deja de ser celestial para volverse humano, histórico y político.

A lo largo de los cuatro cuadros, las figuras de Lucifer, Miguel y Gabriel aparecen no como personajes aislados, sino como principios que se manifiestan en distintos planos. La lucha no se limita al cielo: desciende a la tierra, atraviesa ciudades en ruinas, involucra cuerpos humanos y culmina en un enfrentamiento inevitable. La serie revela así que las guerras morales nunca permanecen en el ámbito de lo divino; siempre terminan encarnándose en el mundo de los hombres.

Los cuadros están unidos por símbolos recurrentes —inscripciones en lenguas antiguas, letreros al estilo de las pinturas renacentistas, ruinas, marcas y armas— que funcionan como hilos de continuidad. Estos elementos no explican la escena, sino que la sitúan como vestigio de una civilización espiritual en crisis, como si el espectador contemplara fragmentos de una historia que se repite cíclicamente.

El recorrido visual de la serie conduce hacia un punto de tensión máxima: el choque final entre dos visiones irreconciliables del orden y de la libertad. En ese momento, la obra no ofrece una resolución, sino una pregunta abierta que atraviesa toda la serie y conecta directamente con el presente: qué fuerzas guían nuestras decisiones y qué precio estamos dispuestos a pagar por sostenerlas.

La caída de la luz se presenta así como una obra unitaria, donde cada cuadro es indispensable para comprender el conjunto. No hay jerarquías entre las piezas; todas son fragmentos de una misma caída, de una misma fractura que sigue vigente.

«Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado de hermosura.
En Edén, en el huerto de Dios, estuviste…
Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado,
hasta que se halló en ti maldad.»

Ezequiel 28:12–17

Lucifer: la libertad como herida

Lucifer representa la libertad nacida del amor y de la convicción, no del mandato. Su caída no es solo un acto de rebeldía, sino la consecuencia de elegir sentir, amar y decidir por sí mismo. En la obra, esta postura se materializa en su espada de obsidiana: extremadamente filosa, capaz de cortar cualquier estructura impuesta, pero al mismo tiempo frágil. Como la libertad, puede romperse con facilidad.

En las hojas de su espada aparecen inscripciones en lenguas antiguas —hebreo y arameo— que no funcionan como ornamento, sino como cicatrices del pensamiento primigenio: palabras que existían antes de la institución, antes del dogma.

Lucifer no lucha solo. A su causa se suman los humanos, que abandonan la pasividad y deciden enfrentarse incluso a los ángeles. En la totalidad de la serie, cuerpos humanos combaten seres celestes, algunos incluso con aviones, evidenciando que esta batalla no pertenece al pasado: es contemporánea.

Miguel: la justicia como obediencia

Miguel encarna la justicia entendida como obediencia absoluta. No cuestiona el origen de la ley; la ejecuta. Su espada es de oro: hermosa, valiosa, venerada… pero blanda. El oro no corta con facilidad; se deforma. Así, la justicia que representa Miguel puede ser noble en intención, pero vulnerable cuando se ejerce sin conciencia crítica.

En el cuadro de Miguel, la confrontación escala hasta lo humano-tecnológico: ángeles enfrentados a hombres armados con máquinas voladoras. La justicia divina ya no domina el cielo; ahora debe disputarlo.

Miguel no es villano ni héroe. Es el guardián de un orden que existe porque siempre ha existido. Su conflicto no es moral, es estructural.

Gabriel: la lealtad que observa

Gabriel no combate. Observa.

Sentado sobre las ruinas de la ciudad y de la guerra, Gabriel representa la lealtad muda, aquella que no cuestiona ni interviene. Su espada es de acero, el material más equilibrado: resistente, funcional, sin ornamento excesivo. En su empuñadura porta el símbolo de Cristo, no como afirmación religiosa, sino como recordatorio del sacrificio silencioso.

A los pies de Gabriel aparece el símbolo del pez, trazo primitivo de identificación cristiana, realizado en el suelo como lo hacían los primeros creyentes. No es triunfo, es memoria.

Gabriel es testigo. Y en su silencio se encuentra una de las preguntas más incómodas de la obra: ¿es la lealtad una virtud cuando renuncia a la acción?

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